Intercambio

Una noche mientras cenaba
viendo la televisión
y mi mujer descansaba
arriba en su habitación

vi unas raras luces rojas
a través de la ventana,
de ésas que te acongojas
y te quitan la gana.

Pronto dejé de comer
y miré hacia delante.
Me di cuenta de que ¡joder!
era un platillo volante.

De repente retumbó la puerta;
alguien quería entrar.
Pronto quedó abierta
y entró sin llamar.

Este extraño visitante
tenía apariencia humana,
llevaba casco y guantes
y mono azul tipo pana.

Cogió y se quitó el casco
y en vez de ser un bicho horrible
que yo esperaba con asco
sucedió lo imposible.

Era una chica muy mona,
de ésas que no puedes ligarte,
parecía bastante resultona
y lo menos era de Marte.

Se desabrochó una cremallera
de su extraño traje azul,
de la que emergió una pera,
se me atragantó el flan dhul.

La enviada de otros planetas
era un tanto sensual,
se me puso toda en porretas;
esto no empezaba mal.

Las sorpresas no habían terminado,
me dijo: «Venga, humano».
«¿Qué?», pregunté asustado.
«Ven a meterme mano».

La chica sabía hablar
bastante bien, por cierto,
y aunque es otro cantar
en eso yo soy experto.

Me quedé totalmente desnudo
y ella miró mi colgajo.
Dijo que era algo menudo,
¡yo es que la rajo!

Esta tía era algo sosa,
es que lo piensan todas,
lo mismo dijo mi esposa
en la noche de bodas.

Y sin más entretenimientos
me abalancé sobre la mujer
y entre algunos miramientos
me la comencé a hacer.

La noche fue todo un goce,
pero me quedé dormido.
Me desperté a las doce,
un pelín aturdido.

Busqué a la marciana
realmente con empeño
¡ojalá vuelva mañana!
todo parecía un sueño.

Después subí al dormitorio
para ver a mi esposa.
Como un marica con supositorio
se encontraba gozosa.

Tumbada en la cama totalmente
y algo despatarrada,
me miró extrañamente
pues sin gafas no ve nada.

«Anoche estuviste genial»,
me dijo desde el lecho,
«Tu miembro era algo bestial,
casi llegaba al techo».

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